Menudo sensacionalismo barato acabo de presenciar ahora. Y todo con la moda más imbécil desde hace mucho tiempo, el macrobotellón.
Algunos de los mejores recuerdos de mi vida van asociados al botellón en la playa. Desde hace muchísimo tiempo era una costumbre recurrente para varios de mis amigos y yo, llegándonos a juntar casi 40 personas sólo entre conocidos, colegas y demás ralea. La verdad es que fueron unos años tan especiales que todavía me estremece sólo de pensar la infinidad de anécdotas e historias que nos fueron pasando. Una vez que te vas haciendo mayor, lo del botellón empieza a reconvertirse en fiesta casera, y la verdad, merece bastante más la pena, aunque en ocasiones, y con aquello del buen tiempo, a veces presta hacerse uno de vez en cuando. Ahora, en mis tiempos más juveniles la idea (o por lo menos mi autoconvencimiento así me lo sugería) no sólo era la de beber hasta emborracharse sino la de pasar un rato más que agradable sumergido en una interminable charla.
La moda imbécil de la que hablaba hace un rato es la de los macrobotellones. A ver que ciudad supera a la otra, a ver quien se taja más, a ver quien es capaz de llenar más la calle de mierda...
La realidad es que una explicación lógica para este fenómeno no existe. Tanto los medios sensacionalistas que hoy en día son mayoría en este país como los precios abusivos del alcohol (desde el punto de vista de un ciudadano de aquí), así como la particular idiosincracia de la juventud y su relación con la sociedad en estos tiempos que vivimos, podrían acusarse mutuamente.
Echarle la culpa a alguién es demasiado facil. Aquí no hay culpas. Una educación más tolerante y abierta para todos y hacia todos quizás sería la más fácil solución. Aunque eso me suena más a palabrería vana que a otra cosa.
Escucho ahora: Morrissey - the youngest was the most loved