Creo que no podría nunca existir un verano en mi vida sin sonar los acordes de la pequeña pieza escondida entre enjoy the silence y policy of truth. Violator (1990) es el disco de mis veranos, y muy probablemente, el disco de mi vida. O si lo prefieren, la síntesis perfecta entre guitarras y sintetizadores, entre pop y electrónica.
Cierto es que no puedo ser muy subjetivo con Depeche Mode. Desde muy pequeño, y he de remontarme a finales de los 80, he tenido demasiado contacto, incluso familiar, con su música y he crecido, alimentandome incluso, con sus ritmos y sus obsesiones letrísticas. He sido más fan de lo que soy ahora, puesto que el paso del tiempo aplaca los fundamentalismos creados en la adolescencia, aunque la verdad es que me incomodo si se habla mal de mis antiguos ídolos, si bien es cierto que siguen siendo, desde mi punto de vista y pese a sus últimos 8 años de patinazos, unos auténticos genios.
Violator es una obra espectacular. Completamente cohesionada en torno a 9 cortes que rezuman simplicidad y perfección en partes iguales. Sin una clara orientación letrística, como se puede observar en su continuación en el tiempo, Songs of faith and devotion (1993), todos los temas guardan una especial conexión con la oscuridad, o con los momentos vitales más cercanos a ella. Oscuridad con luz o sin luz, de noche o de día. Oscuridad y silencio al fin y al cabo. Silencio, esa es la palabra. Waiting for the night y la archiconocida (y creo yo, obra maestra del electropop) enjoy the silence son las indicadoras de la noche y el silencio como señales de lo que los Depeche Mode propugnaban a principios de la década pasada.
Como ya he dicho, la simplicidad (que no simpleza) es una de las máximas que configuran el disco de la rosa roja como la perfecta cúspide del sonido que los Martin Gore y compañía (sin olvidar que el aspecto sonoro de esta obra maestra nunca se alcanzaría sin la producción de Flood y del auténtico genio e injustamente olvidado Alan Wilder, integrante de la banda hasta 1995) alcanzaron en su día. Desde el teclado desnudo con el que inicia world in my eyes a la guitarra suave que ornamenta la maravillosa balada blue dress, pasando por el riff bluesero unida a la poderosa voz de Gahan (magnífico el trabajo vocal del frontman de la banda) que les dio fama mundial cuando personal jesus bombardeó las radios de todo el mundo. Sweetest perfection y clean como homenaje a los aspectos más sucios de la personalidad humana, embadurnados de un sonido electrónico casi orgánico, que no por ello cálido, ya que Violator es ante todo noche, noche oscura, cerrada, misteriosa pero humana al fin y al cabo, y la noche es fria, siempre es fria.
No puedo ni quiero olvidarme de halo, la canción que no puede ni debe pasar desapercibida ni en la primera escucha del disco. La canción que me harté de escuchar a la luz de la luna durante muchos de mis mejores veranos. La canción de esos veranos que dije que ya nunca volverán.
"and when our worlds
they fall apart
when the walls come tumbling in
thought we may deserve it
it will be worth it"

